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    La muerte no puede estar a la vuelta de la esquina

    Por Mirta Roses Periago, Directora de la Organización Panamericana de la Salud

     

    Cada número reproduce un rostro. Cada carretera, cada calle, cada cruce, esconde un peligro latente: en 2002, en todo el continente, se registraron 128.908 muertes en choques de tránsito. Más del 76% de estas muertes - es decir unos 98.200 casos- ocurrieron en las carreteras de Brasil, Colombia, Estados Unidos y México, los países más poblados de la región.

     

    En los Estados Unidos, 44.000 personas mueren cada año por lesiones causadas en accidentes en la vía pública. En el mismo período, 258.000 sufren lesiones, en muchos casos heridas que provocan discapacidades permanentes.

     

    Las cifras son todavía más alarmantes en la comunidad hispana de ese país, en la que los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte entre personas de menos de 34 años y la tercera principal causa de muerte de todas las edades, sobrepasadas sólo por las cardiopatías y el cáncer, según la Administración Nacional de Seguridad de Tráfico en las Carreteras del Departamento de Transporte de Estados Unidos (NHTSA).

     

    Esta entidad también comprobó que los hispanos tienen menor probabilidad de usar el cinturón de seguridad. Y que, aunque los adolescentes hispanos viajan menos millas que otros, tienen dos veces más probabilidad de morir en un accidente automovilístico.

     

    El alcohol, la velocidad, las drogas, los descuidos, la falta de conciencia sobre el uso del cinturón de seguridad, también son enemigos número uno de la seguridad vial. No hay azar: la mayoría de estos episodios son altamente prevenibles.

     

    En este caótico escenario, las principales víctimas son los peatones, ciclistas y motociclistas que, al menos en los países en desarrollo, quizá jamás lleguen a adquirir un vehículo propio. Tanto en las grandes urbes como en zonas rurales, las personas también son víctimas de la inseguridad del transporte público y del transporte colectivo ilegal, los cuales muchas veces no respetan límites de capacidad, velocidad, mantenimiento de los equipos y reglas básicas que garanticen la seguridad de los pasajeros.

     

    Los dramáticos incidentes que involucran a camiones cargados de obreros y campesinos, trabajadores temporales, familias pobres y migrantes son frecuentes en nuestros países. Los jóvenes que sirven con sus motocicletas en las áreas cercanas a las maquilas y parques industriales para proveer transporte de manera informal a las trabajadoras no están registrados ni se protegen a sí mismos ni a sus clientes.

     

    La epidemia de inseguridad vial arranca vidas en todo el mundo y tiene un alto impacto en las grandes ciudades de países en desarrollo. También corroe las finanzas de los estados, se calcula que los costos económicos mundiales de los accidentes de tránsito ascienden a 518 mil millones de dólares cada año. Al ritmo que crecen los parques automotores, más vidas se pierden… ¿qué hacer?

     

    Valorar la vida propia y la ajena es quizá el primer paso para comenzar a erradicar el peligro de las calles. También es esencial el compromiso de los gobiernos en campañas agresivas, sostenidas, que logren crear conductas preventivas –especialmente en la comunidad latina- como el uso del cinturón de seguridad. La Organización Panamericana de la Salud hace un llamamiento a todos los países del continente a intensificar acciones para que, en un futuro no muy lejano, esta epidemia sea sólo un triste recuerdo.

     

    Se requieren soluciones urgentes que incluyan leyes claras, campañas educativas y normas firmes para reducir la velocidad y el uso de alcohol por parte de los conductores. También medidas que incrementen el uso de cinturones de seguridad y de asientos especiales para niños en los automóviles; y el uso de los cascos en el caso de ciclistas y motoristas. Igualmente, es imperativo dar más atención al fortalecimiento y reglamentación del transporte colectivo y público de pasajeros. Sólo así se logrará prevenir las muertes, evitar las pérdidas económicas y crear espacios de vida más saludables.

     

    La muerte no puede estar esperándonos a la vuelta de la esquina. Los organismos que trabajan con y por la comunidad tienen un mandato ético para informar y capacitar a aquellos que trabajan en la vía pública con el fin de que apliquen las leyes y mejoren los diseños urbanos para que las calles no se transformen en un callejón sin salida.

     

    Cada número reproduce un rostro que no debemos recordar sólo cuando el dolor golpea a nuestra puerta o a nuestra comunidad.